Régis Bonvicino em El País/Espanha

El País, 10/11/2007

Ignacio Vidal-Folch

Después de un breve alto en París, ha llegado a Barcelona Régis Bonvicino, nacido en Sao Paulo en 1955, poeta de extremo rigor estético y profunda solidaridad humana, y autor de versos como Huesos de mariposas (así se titula un libro suyo), y como éstos: “Montgat, Cataluña:/ punhaladas no corpo,/ na parede do cuarto/ (o cadáver// do equatoriano/ degolado, só)/ estava escrito/ Hitler tenia raó/”… me dice que “el mundo está en una situación demasiado crítica para que el escritor no la afronte”. Cosa distinta, claro, es lo que el mundo note si el escritor lo afronta o no.

Durante su estancia en la ciudad va a ofrecer un par de recitales; el primero en la Casa de América, a las seis de la tarde del próximo día 14, y el otro, al día siguiente, a las siete de la tarde, en el café Berlín de la calle de Muntaner, esquina Diagonal. Leerá algo de su libro recién aparecido, Página órfâ, y, en castellano, de su antología mexicana Poemas 2000- 2004 o de la plaquette que acaba de publicarle la revista sevillana Sibila.

Ya hacía muchos años que Bonvicino quería visitar Barcelona y sobre todo caminar por la calle de Muntaner, donde vivió su maestro, el gran poeta Joâo Cabral de Melo, “o artista inconfessável”, como dice uno de sus versos (de Cabral, quiero decir) y como se titula su última antología, recién publicada en Río de Janeiro.

Joâo Cabral de Melo, diplomático de profesión, fue uno de los dos o tres mejores poetas en lengua portuguesa del siglo XX; y era “inconfesable” porque hablaba “de las cosas” y rechazaba la poesía del yo, tema sobre el que jugueteaba pensando, o rumiaba jugueteando, por ejemplo en aquel inteligente poema “Dudas apócrifas de Marianne Moore”, donde dice… Pero no lo transcribo, se puede consultar en Internet y en alguna de las antologías en castellano y catalán que se publicaron aquí mediados los años noventa.

Cabral, que era de Recife, Estado de Pernambuco, en Brasil, encontró en España una segunda patria del corazón, adoró Sevilla, le dedicó muchos poemas al aire andaluz, al cante hondo, a los toros, al arte callado de Manolete, la femineidad de las mujeres sevillanas; y de Barcelona, donde fue cónsul, adoraba el clima intelectual cosmopolita de entonces, y la compañía de Brossa, Tàpies, y demás miembros de Dau al Set, a los que adoctrinó en marxismo. A petición de Miró, y no sin oponer resistencia, escribió un estupendo ensayo sobre su pintura…

Bonvicino lo conoció en el año 80, y Cabral le elogió Barcelona, que tanto le importaba, como Cabral le importa a él. Ahora, instalado en un hotel de la calle de Muntaner, despotrica de París, porque sus poetas más destacados, más avanzados, como Jacques Roubauld y Claude Royet-Journoud, “excluyen la suciedad de las calles, excluyen a los mendigos, los locos, y escriben una poesía muy teórica, muy literaria, muy sistemática y muy volcada a la tradición y no a la invención, que es el enfrentamiento del poeta con las calles. Maiakovski decía que para él era más importante estar con personas y conocer lugares que leer libros, y yo diría que la poesía se da en un diálogo entre las lecturas y las personas y calles”.

En la suya, en cambio, no están excluidos, sino que tienen una presencia destacada, como en O lixo (la basura, la basura consentida que se confunde bajo el viaducto con los mendigos). En Barcelona Bonvicino recitará, caminará por donde caminó Cabral de Melo y, como confeso “yonqui del fútbol”, visitará el campo de Barça:

-Ustedes no tienen idea de lo fascinante que es Barcelona para Brasil, porque allí el fútbol es muy importante, el único lugar que reúne a pobres y ricos en la misma mesa; de Europa sólo nos importa la Liga española, y precisamente en el Barcelona han jugado los mejores brasileños de los últimos 15 años: Ronaldo, Romario, Ronaldo Gaucho y el mejor de todos: Rivaldo… Los chicos de mi país son hinchas de dos equipos: el uno, autóctono, y el otro, el Barcelona o el Madrid.

-¿Y usted, don Régis?

-Yo soy del Palmeiras y del… Bueno, si por mí fuera, el campeonato español terminaría siempre en empate…